Tras el cristal
Después de lo ocurrido todo eran rumores, se decían tantas cosas… Ya se sabe la manía que tenemos de buscar siempre explicaciones a todo, cuando a veces no las hay. Qué más da el porqué si ya nada será igual: ni la clase, ni nosotros. Faltaba el profesor y estábamos…
Solos. Risas, voces, juegos. Qué no haríamos. Sin embargo, poco duraría, comenzaba a sentirme observado, me volví hacia la puerta y en el ventanuco que hay en su parte superior, al que nosotros llamábamos el ojo del inquisidor, la veo: ahí estaba, nuestra “guardiana”, mirándonos con la mirada impasible de quien esconde sus pensamientos negros, negros de ira vergonzante que oculta con disimulo, disimulo que fragua una mirada impermeable, seca y fría. Permanecía allí, tras el cristal, acechándonos…, hasta que entró. Entonces todos, revolviéndonos, volvimos a nuestros sitios, colocándonos en nuestros pupitres lo mejor que pudimos.
Ahí la teníamos, frente a nosotros, enjuta como una escoba despeluchada y ridículamente vestida. Yo observaba como movía sus labios geométricos con rapidez, sus palabras parecían salir a mordiscos. De repente, me cuesta oírla, casi no la oigo, aunque sus labios siguen moviéndose con la misma avidez de un sabueso hambriento, yo ya no puedo escucharla. Me falta el aire, me oprime el pecho: me ahogaba. Me volví a la ventana, que daba al jardín, buscando un respiro y descubrí en el lejano horizonte de un cielo tremendo algo que temblaba casi tanto como yo. Se fue acercando, cada vez más cerca, más y más cerca, tanto que sentí en mis entrañas como tiritaba. Inesperadamente, una ráfaga de fríos e inciertos vientos atravesó la ventana, levantando y desordenando todo lo que encontraba a su paso. Y penetró en la clase, y se extendió sobre nuestras aterrorizadas cabezas; algo inefable nos iba cubriendo, casi rozándonos; erizando nuestra piel, oliendo nuestra inocencia. No, no es a ellos, debió de pensar porque, lentamente, aquello, lo inenarrable, comenzó a alejarse de nosotros para acercarse a ella. La envolvió y desapareció. Se fue ¿o deberíamos decir se fueron?…
Solos, volvíamos a estar solos. Nos quedamos unos instantes mirándonos atónitos sin decir nada. Por un lado, no encontramos explicación a lo vivido; por otro, no la necesitábamos. Nos sentíamos tan dichosos que ni siquiera le dimos importancia al hecho de que la profe se fuera sin despedirse. Alguien vio su pañuelo tirado sobre la tarima y espetó:
—¡Anda, mira! Y luego nos riñe…
Unánimemente, decidimos quitarle importancia, también, a este descuido. Al fin y al cabo, nadie es perfecto, ni siquiera la profesora. Perdonada. ¡Qué generosa es la felicidad!
Empezó a caer una lluvia limpia, fina y deseada. Su olor a renovación aflojó nuestra respiración. Corrimos hacia la ventana y lejos, muy lejos, vi, tras el cristal, unos ojos y unos labios que ya no me decían nada.1
Carmen Pita García
- Publicado en Cuentos en tinta china. VV. AA. El corral de las palabras, Zaragoza, 2013. ↩︎





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