«Padres e hijos»



PADRES E HIJOS


La novela de Turguénev: Padres e hijos, ya nos anticipa en el título el tema que atravesará toda la obra: el conflicto generacional. Conflicto entre la tradición y la vanguardia, entre la ciencia y la superstición, entre la etiqueta y la naturalidad, entre lo convencional y lo extraordinario. Entre el viejo orden y el nuevo que, aunque está por llegar, ya se vislumbra a través del contraste de ideas, creencias, visiones y mundos contrapuestos que nos va dibujando una sociedad, la rusa, en ebullición, y que acabará estallando, desgraciadamente, años después.

Iván Turguénev (1818-1883), novelista y dramaturgo, estudió en las Universidades de Moscú y San Petersburgo a los clásicos y literatura rusa y en la Universidad de Berlín, filosofía. Hablaba varios idiomas, además del alemán e inglés, dominaba el francés tan de moda entre la aristocracia rusa y la obra que tratamos aparece sembrada de numerosas citas y expresiones en esta lengua. Como escritor pertenece a la corriente del Realismo ruso de la segunda mitad del siglo XIX, considerado el Siglo de Oro de su literatura. Amigo de Flaubert y de Guy de Maupassant el cual le dedicó su obra: La Maison Tellier: «A Ivan Tourguéneff. Hommage d´une affection profonde et d´une grande admiration». Sin embargo, con Tolstoi y Dostoyevski mantuvo una relación complicada debido al eslavismo de ellos y al occidentalismo de Turguénev. Nuestro autor quiso hacer de Rusia una sociedad similar a otras europeas, por ejemplo, Alemania, Inglaterra o Francia, culturas que conocía y admiraba —en Francia vivió gran parte de su vida y allí tenía su público—. Sus obras más conocidas son: Memorias de un cazador (1852) que, dicen, influyó en la decisión del zar Alejandro II de abolir la servidumbre en 1861; las novelas Rudin (1856) y Nido de nobles (1859); la novela corta Primer amor (1860) y Padres e hijos publicada en 1862. Quizás debido a sus ideas políticas liberales y europeizantes su obra no siempre tuvo la acogida merecida y recibió numerosas críticas como le ocurrió a Padres e hijos que levantó un gran revuelo en la sociedad rusa. Dicho esto, a pesar de sufrir el vaivén de las modas, Turguénev ha pasado a la historia como un grande no solo de la literatura rusa, sino de la literatura universal. Su influencia en autores como los norteamericanos Sherwood Anderson y Hemingway es importante. Otro genio que también bebió en su fuente fue Chéjov.

Volvamos a la novela, a la historia de dos amigos: Arkadi y Bazárov, que van a pasar las vacaciones estivales juntos y todo lo que les acontecerá. Su lectura tiene el mismo ritmo que la vida de los jóvenes en el campo: «El tiempo, como es sabido, a veces vuela como un pájaro y otras se arrastra como un gusano, pero cuando las personas están a gusto, ni siquiera se dan cuenta de si pasa rápido o lento». No es una novela de acción, es una novela de costumbres, de profundos y certeros retratos sicológicos en la configuración de los personajes. Tanto la vida en el campo como la vida en la ciudad rezuma un realismo que no impide que toda la obra esté salpicada de un lirismo sublime en las descripciones. Lo que sucede nos es contado por un misterioso narrador, en tercera persona y omnisciente, que no solo cuenta lo que ve, sino que también entra y sale de la mente y del corazón de sus personajes como un Dios todopoderoso para el que no existen secretos. Esta narración en estilo indirecto libre —propio de la época— a veces nos hace dudar de si habla el narrador o el personaje. Tanto al principio como al final de la novela el narrador se dirige directamente a nosotros, los lectores.

Es verdad que podríamos decir que el personaje principal es Bazárov, representa el cambio, la rebeldía y el germen de la revolución. Es un estudiante de medicina, y por actitud, convicción y pose: un «nihilista», término que se puso de moda después de esta novela (aunque no lo inventó Turguénev), pero que sabemos de él por oposición a otros personajes, como el tío de su amigo, Pável Petróvich, que representa a la vieja Rusia, a la aristocracia decadente, con el que mantiene diálogos jugosos intelectualmente y también bruscos desencuentros que los lleva a una antipatía mutua que culminará en un duelo. No obstante, este choque de pareceres, de gustos, sigue siendo actual. Durante una enconada conversación sobre el arte con Bazárov, Pável exclamó: «Antes los jóvenes tenían que estudiar si no querían parecer ignorantes y, a la fuerza, debían esforzarse. En cambio ahora basta con decir: ¡el mundo entero es una sandez!, y asunto arreglado. Los jóvenes están contentos: antes eran unos asnos y ahora, de pronto, son nihilistas.» Palabras similares se las oíamos decir a nuestros abuelos, y se podrían escuchar hoy respecto a las nuevas generaciones. Bazárov vive en su mundo de disecciones de ranas, de estudio de las plantas, el resto parece no interesarle y tampoco demuestra afectos por nadie: ni a su amigo y ni siquiera a sus padres, a los que tiene subyugados y trata con hostilidad afectiva. Pero sucumbirá al amor, a un amor que se negará, es nihilista y los sentimientos no van con él. Aunque, inopinadamente, su atracción por la enigmática Anna le transporta a una declaración de amor no expresada en uno de los momentos más apasionados y dramáticos de la novela. Negándose al amor, se negó a sí mismo y continúo con una vida práctica, empírica y vacía. Y morirá, pero no como un héroe, qué lejos le quedaban los ideales caballerescos, morirá de algo demostrable: de una infección. Sin embargo, y a pesar de todo, en su lecho de muerte la recordó…

Anna Serguéievna Odintsova sin llegar a ser una mujer independiente (ya aparece la «femme émancipée» en el personaje de Kúkshina) era una mujer de gran personalidad y belleza: «su rostro irradiaba una especie de poderío dulce y tierno». Arkadi también anduvo enamorado de ella, aunque, quizás viendo que era imposible, acabó enamorándose de su hermana, Katia: «La maleta de la vida la llenamos con cualquier cosa, con tal de que no esté vacía». Arkadi es el contrapunto de Bazárov, al que admira con un respeto que roza el temor, pero del que se diferencia. No posee su agudeza, ni su brillo, ni su arrogancia, ni su sarcasmo, ni esa frialdad que corta la sangre. A Arkadi le mueven los buenos sentimientos, y tiene una manera afable de hacer ver a su padre el cambio de mentalidad de los nuevos tiempos. Su personalidad no atrae ni repele como la de Bazárov, es solo un muchacho bueno, al que, probablemente, le espere una vida corriente.

No estamos solo ante una novela que describe el conflicto generacional de unos jóvenes con sus padres durante sus vacaciones en las haciendas familiares, que tiene de fondo la dura vida de los campesinos, mientras nos recrea sus estancias en casas señoriales con sus refinadas costumbres e interesantes conversaciones de filosofía, literatura, medicina, botánica o química; estamos también ante una novela de amor. Sí, de amor, de un amor imposible como lo sufrió el mismo Turguénev que nunca se casó, que tuvo una hija con una sierva de su familia (al igual que el padre de Arkadi), que se enamoró de una cantante de ópera española y casada, Paulina Viardot, por este amor aprendió español y llegó a traducir a Calderón y Cervantes. La siguió a Francia, se dice que el marido de ella conocía la relación de ambos y todos aceptaron el triángulo amoroso. Murió en el país galo y Paulina, como Anna Serguéievna a Bazárov, lo acompañó en su último suspiro.
Y también nos habla del inmenso amor y ternura que profesan esos padres por sus hijos, aunque no los comprendan.

El libro acaba con uno de los finales más bellos que he leído nunca:

«Por muy apasionado, pecador y rebelde que fuese el corazón que está oculto bajo la tumba, las flores que crecen en ella nos miran serenamente con sus ojos inocentes, y no solo nos hablan del reposo eterno, de ese gran reposo “indiferente” de la naturaleza: también nos hablan del apaciguamiento eterno y de la vida infinita…»

En palabras de Vladimir V. Nabókov, «no es solo la mejor novela de Turguénev, sino una de las obras más brillantes del siglo XIX».

Artículo publicado en Letra libre, el 17 de junio del 2022. Pinchar en el siguiente enlace: https://www.letralibre.es/2022/06/resena-literaria-de-padres-e-hijos.html y el 23 de junio del 2022 ha sido publicada en Canal Literatura:https://canal-literatura.com/blog-literatura/padres-e-hijos-por-carmen-pita/

FICHA DEL LIBRO:

Autor: Iván S. Turguénev

Título: Padres e hijos

Traducción y notas: Joaquín Fernández-Valdés

Editorial: Alba. Colección Alba Clásica. 2ª edición. Barcelona-2018.

Los poetas cantan a la luna


A propósito de la #SuperLunaLlenaDelCiervo que disfrutamos este mes de julio, y que ayer tuvo su momento de mayor esplendor, aprovecho para recordar algunos poemas que hablan de ella y de su magia.

También comparto algunas de las imágenes que capté con mi móvil. Aunque, la verdad, no hacen justicia a la belleza que mostraba ayer la luna.

Charles Baudelaire; Tristeza de la luna. 

Perezosa esta noche, ella está soñando con la luna:
belleza que sobre un montón de almohadas,
ligero y distraído, antes de dormir
acaricia el contorno de sus pechos,
sobre el lomo sedoso de suaves avalanchas,
muriendo, se entrega a infinitos placeres,
y vuelve sus ojos donde visiones blancas
se elevan en el azul como flores.
Cuando en esta tierra, en su perezosa languidez,
deja que una lágrima se deslice,
un poeta adorador y hostil a dormir
en su mano recoge esa palidez húmeda
con reflejos de ópalo iridiscente, y lo esconde
lejos de los ojos del sol, en su corazón.





Federico García Lorca; «Romance de la luna, luna» en Romancero gitano,(1928).

A Conchita García Lorca
 
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
 
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
 
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
 
Cómo canta la zumaya,
¡ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
 
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.
 

«El que quiere arañar la luna, se arañará el corazón.»
FGL

Federico García Lorca; «Si mis manos pudieran deshojar» en Poesías completas.

Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!
Juan Ramón Jiménez; «A la luna del arte» en Poemas impersonales, (1911).





(... Después de tan bien servida		
la corona de su rey		
verdadero...		

D. J. MANRIQUE)	               


Sun of the Sleepless!

(LORD BYRON)	               



Te he dado, sol insomne, latido por latido,		
todo mi corazón. Tu corona luciente,		
como vasallo fiel y noble, la he servido		
bien. No me quedan armas que ofrecerte, ni jente.		

Tú, en cambio, como pago de esta servidumbre,		
que no aprisiona, ni entristece, ni degrada,		
me has concedido, reina, la divina costumbre		
de tener, como tú, el alma desvelada.		

Cuando venga la muerte a llamar a mi puerta,		
encontrará en mi choza, entre hojarasca, un leño.		
¡Sí, mi fragancia huele ya en lo azul de tu huerta.		
Mi canción es ya eterno ruiseñor de tu ensueño!
Juan Ramón Jiménez; «Noches de luna».

Las noches de luna tienen
una lumbre de azucena,
que inunda de paz el alma
y de ensueño la tristeza.
Yo no sé que hay en la luna
que tanto calma y consuela,
que da unos besos tan dulces
a las almas que la besan.
Si hubiera siempre una luna,
una luna blanca y buena,
triste lágrima del cielo
temblando sobre la tierra,
los corazones que saben
por qué las flores se secan,
mirando siempre a la luna
se morirían de pena.
Mi jardín tiene una fuente,
y la fuente una quimera,
y la quimera un amante
que se muere de tristeza.
Y cuando viene la luna
con su lumbre de azucena,
abro mi balcón y sueño
por todos los que no sueñan.
La brisa trae en la noche
besos, mimos y cadencias,
algo virginal y triste
a la luz de las estrellas;
y yo pienso en los jardines
que nunca veré, en las rejas
sin amores, en las novias
dormidas en su inocencia;
en las manos que esta noche
divina de primavera,
no tendrán quien acaricie
su blancura y su belleza;
en la ilusión encantada
que, siguiendo sus quimeras,
tendrá esta noche tranquila
tantas ventanas abiertas.

————————————————-
Antonio Machado; Canciones (V)

¡Luna llena, luna llena, 
tan oronda, tan redonda
en esta noche serena
de marzo, panal de luz
que labran blancas abejas! 
Antonio Machado; «La luna, la sombra y el bufón» en Nuevas Canciones, (1924).

Fuera, la luna platea
cúpulas, torres, tejados;
dentro, mi sombra pasea
por los muros encalados.
Con esta luna parece
que hasta la sombra envejece.
Ahorremos la serenata
de una cenestesia ingrata,
y una vejez intranquila,
y una luna de hojalata.
Cierra tu balcón, Lucila.

II
Se pintan panza y joroba
en la pared de mi alcoba.
Canta el bufón:
¡Qué bien van

en un rostro de cartón,
unas barbas de azafrán!
Lucila, cierra el balcón."
Edgar Allan Poe; «La estrella de la tarde».

Era en el corazón del verano y en medio de
la noche. Las estrellas marchando en sus órbitas
brillaban con un pálido resplandor a través
de la luz más viva de la fría luna, mientras que
ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos,
lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos
sobre las olas.

                      ***+** 

Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado
fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura
vino a pasar, semejante a un sudario, y fué
entonces que me volví hacia ti, Estrella del
Sur, orgullosa en tu gloria lejana. Y ahora
me será más querida tu luz, porque lo que me
traes de más magnificente a través del cielo
nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo prefiero
tu discreto y lejano resplandor a esa llama
cercana pero más fría!




«Luna Lunera cascabelera». Poesía popular. He encontrado numerosas variantes del poema; recojo algunas de ellas.

Luna Lunera cascabelera,
debajo de la cama tienes la cena:
Cinco pollitos y una ternera.

Luna Lunera cascabelera,
debajo de la cama tienes la cena.
¿Quién se la comió? El gato burlón.
Pues dale cuatro besos y perdónalo.


Luna Lunera cascabelera,
ojos azules, cara morena.

Luna Lunera cascabelera,
toma un ochavo para canela.

Luna, lunera, cascabelera
los ojos azules, la cara morena.
Luna dame pan, q no tengo pà cenar,
Luna dame vino q no tengo pal camino