Robert Redford (California,18 de agosto de 1936-Utah,16 de septiembre del 2025)
La primera vez que lo vi fue en el papel de Jay Gatsby en El gran Gatsby, basada en la novela de F. Scott Fitzgerald y dirigida por Jack Clayton. Percibí en él algo que va más allá de su belleza, que la tiene a raudales, es un atractivo que no he visto en ningún actor, ni siquiera en Paul Newman, con el que compartió varias películas. Y nadie ha lucido como Redford los trajes de color blanco. Así vestido, Jay Gatsby se elevaba sobre una sociedad frívola y decadente; a él le movía recuperar un antiguo amor.

Su atractivo y elegancia, su porte, no siempre jugaron a su favor, puede que algunos jueces prejuiciosos —o envidiosos— le hayan privado por ello del más que merecido Óscar a mejor actor principal. Y sólo en 2002, se le concedió un Oscar honorífico a toda su carrera; en 2017, el León de Oro, en el Festival de Venecia, a toda su trayectoria; y en 2019, el César también al conjunto de su carrera. Como director obtuvo mayor reconocimiento: por Gente corriente (1981) consiguió un Oscar y un Globo de Oro al mejor director. Además, su carrera como director estuvo salpicada de numerosas nominaciones tanto a mejor director, como a mejor película.

Redford fue un hombre polifacético y comprometido. A su profesión de actor, y de director, hay que añadir la de promotor de jóvenes actores, además, fundó el Festival de Cine Independiente de Sundance. Siempre se preocupó por la naturaleza y, en los últimos años, defendió temas ambientales. Aunque no confesaba oficialmente ninguna religión era un hombre respetuoso con ellas y, a su manera, era creyente y espiritual.
No quiero detenerme en su extensa filmografía de la que existen numerosos trabajos y artículos y, por supuesto, la socorrida wikipedia. Solamente, quiero recordar a aquellos personajes y películas que me hicieron disfrutar y se grabaron en mí para siempre.
Ya he mencionado a Jay Gatsby, el primero, pero también es inolvidable en Hobbes Hooker de Tal como éramos (1973) de Sidney Pollack, junto a Barbara Streisand; Bob Woodward en Todos los hombres del presidente bajo la dirección de Alan J. Pakula; en el estafador Johny Hooker de El golpe, de David S. Wird, junto a Paul Newman, que le valió una nominación como mejor actor. Lo recuerdo en Una Proposición indecente (1993), dirigida por Adrian Lyne, una película cuestionable éticamente pero que su John Gage la salva de una inmoralidad mediocre. Gage un hombre de negocios sin escrúpulos que, al mismo tiempo, guarda una frustración romántica de la adolescencia y que cae perdidamente enamorado de Demi Moore. Esta combinación entre inversor truhanesco y enamorado romántico no es nada fácil de interpretar, menos hacerla verosímil. Sin embargo, con su maestría profesional y encanto personal no solo convierte a Gage en un personaje creíble, sino que también consigue que muchas mujeres envidien, secretamente, a Demi Moore. En mi opinión, su John Gage era de Oscar.
He dejado para el final Memorias de África (1985), basada en la novela del mismo nombre de la escritora danesa Karen Blixen; dirigida por Sydney Pollack y que coprotagoniza junto a Meryl Streep. Impresionante pareja.
Poco o nada nuevo puedo decir de este film que es un goce para los sentidos y ganadora de 7 Oscars. Con esta película disfruté y me conmoví. Y cómo no enamorarse de Denys F. Hatton, ese cazador imponente y libre. También comprendí muchos secretos de la vida y del amor. Y, sobre todo, corroboré, lo que ya percibí en Jay Gatsby: que nunca había visto, ni he visto, a actor alguno mirar y sonreír a una mujer como miró y sonrió Robert Redford a Meryl Streep. Transmitía atracción, admiración, enamoramiento, amor. Magnetismo. Y yo me sentía, mientras te contemplaba, en el objeto de tu mirada.



Hace unos días me enteré de tu muerte, que no de tu partida. Tus personajes, tus obras siempre vivirán con nosotros. Siempre. Descansa en paz, Robert.





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